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JUANA Y EL CAFÉ MADRID

Ani Yadira Niño
aynd08@gmail.com

Frank Capa

Pensar en Juana me remite de inmediato al Café Madrid. Yo asistía con frecuencia a este café para encontrarme con mis amigos y conversar. No era un sitio muy agradable, en otra época había sido un lugar muy reconocido. Ahora no quedaba mayor cosa de ese pasado. Allí conocí a Juana, la primera vez que la vi llevaba una blusa de color verde ácido que hacía estremecer, no precisamente por lo bonita, y contrastaba con el ambiente ocre del Café Madrid. Sin embargo, no puedo negar que aquella blusa ejercía un efecto llamativo: fue imposible no detenerme a mirar a aquella mujer que tan osada entraba al Café Madrid sin importarle que en este sitio tal tipo de ropa sólo podía causar disgusto. Aquel día estaba esperando a César, pero como siempre él tardaba en llegar, así que tuve el suficiente tiempo para detallarla. Era igual a muchas, cabellos oscuros y crespos, tez trigueña, alta y robusta, nada particular a no ser por su blusa de color verde ácido. César no llegaba y la blusa ya se me hacía demasiado impertinente, así que me distraje pensando en otras cosas.

En mis visitas al café seguí viendo a Juana siempre allí junto a la barra, esperando no sé qué. Ella persistía en llevar sus blusas llamativas como si no tuviera en su ajuar un color más natural; sin embargo, su presencia se estaba volviendo familiar. Un día que discutía con César, mientras él divagaba en un eterno monólogo sobre las teorías de Snaiber, le pregunté sin pensar: ¿Quién será ella? César, audaz y mordaz como siempre, se giró para verla y me dijo: "tú sueño hecho mujer" y siguió hablando de Snaiber. Ya llevábamos unos tres litros de café cuando intempestivamente César se levantó, se dirigió a la barra y empezó a conversar con ella, al regresar a la mesa, sonriente me tenía un detallado informe: se llamaba Juana, tenía 26 años y su trabajo era hacer un estudio de marketing. Esto último lo dijo César en tono muy irónico y ambos soltamos una carcajada. Salimos del lugar y ella desapareció de mi mente.

Días después nos encontramos con César en el Café, ahora él era amigo de Juana y la invitó a sentarse en nuestra mesa. Ya presentía yo que me tocaba el molesto papel de acompañante. La conversación fluía muy alegre entre ellos, me sorprendía escuchar a César decir tantas babosadas juntas y reírse de ellas. Luego, cuando estuvimos a solas, César me dijo en medio de risas: "tranquilo hermano, a mi esa mujer no me interesa para nada y bien puede usted insistir". Insistir en qué, pensé, pero no le dije nada y cambié la conversación. Camino a casa pensaba en esas palabras: insistir, insistirle?… insistirle en que deje sus blusas llamativas, mostrarle en un espejo lo inoportuna que se ve, que sus colores asfixian el ambiente sobrio del Café Madrid.

Pasaron semanas para que yo volviera al Café, César insistió en vernos allí y yo no encontré ninguna excusa que no delatara mi temor. Aquel día César no llegó, no me sorprendí, César es así. Juana seguía allí, inmóvil, casi como parte del mobiliario del sitio; aquel día llevaba un suéter que combinaba todos los colores, sin embargo ya no me pareció tan odiosa su policromía. ¿Qué debía hacer? Yo pensaba: tendré que saludarla, ella debe recordar el día que estuve aquí con César o ¿será que no lo recuerda? No comprendía por qué Juana seguía en el café, César me había mencionado que su inútil y molesto trabajo había terminado.

Ella se acercó y pensé que venía a preguntarme por César. Pero No. Ella quería hacerme una encuesta sobre la atención y el servicio del Café: me preguntó estupideces y yo le contesté otras tantas, distraído mirando la calle. Al levantarse de mi mesa me dijo que definitivamente el Café ya no era negocio rentable y no valía la pena mantenerlo por un par de clientes quisquillosos como yo. No me pude contener e intempestivamente tuve un arrebato de rabia, no se exactamente por qué, si porque el Café Madrid sería cerrado o porque ella me llamaba quisquilloso. Antes de que terminara sus insultos yo la tenía sujeta y la obligaba a mantenerse sentada. Trataba de explicarle lo importante que este sitio era para la ciudad y para el par de clientes quisquillosos, como ella nos llamaba; en ese momento deseaba tener la retórica de César o tener a mi mano alguna teoría que le demostrara a esta mujer que su rentabilidad no era importante. Al verme sin armas para defender la permanencia del Café y apenado por mi reacción un tanto violenta, terminé confesándole todas las discusiones y aventuras que había vivido alrededor de este sitio, mis recuerdos de niño cuando mi abuelo me traía… mi primer cigarrillo… los encuentros con los compañeros… mis primeras discusiones políticas… Aquella tarde le narré a ella toda mi vida diciendo un poco más de lo que yo mismo sabía.

Desde entonces, cada tarde visité el Café para mostrar lo "rentable" que podía ser y explicar a aquella mujer que había algo más que sus estadísticas. Entre tantas tardes con discursos de mercadeo y nostalgias de Café, terminé admitiendo sus razonamientos económicos y ella me dio unas fabulosas ideas para hacer un Café como realmente yo lo soñaba, como antaño había sido el Café Madrid. Siguiendo su entusiasmo nos hicimos socios en la ambiciosa empresa de un sitio de tertulias y cafés; yo admiraba su habilidad para entender lo que la gente quería y me sorprendía como podía entregarse a algo que en momentos resultaba ilusorio; tantas sumas y restas me hacían pensar en desistir. Sin embargo, ella seguía allí llena de colores y me reconfortaba la idea de tener algo que nos unía. César con su sonrisa socarrona me decía: "Sólo era cuestión de insistir". Al parecer todos, menos yo, se habían dado cuenta que estaba amando a Juana desde el primer día en que la vi inmóvil en el Café Madrid.

Ilustración:
• Miguel Ángel Echeverría Peña
gahpi_ghori@hotmail.com

 

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Fotografik:
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