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VESTIGIO

 

UNA MATANZA “FIN DE SIECLE” EN COLOMBIA.
LA GUERRA DE LOS MIL DIAS

En el oficio del historiador el hallazgo de testimonios diversos reviste gran importancia en la construcción y comprensión de sucesos de tiempos pasados. Revueltos entre aquellos, los rastros literarios dejados durante una sangrienta y extensa guerra aparecen en nuestra búsqueda de archivo acompañando a memorias de guerra, discursos, periódicos, leyes, pinturas y otros innumerables. Sin duda, la dimensión literaria es una de las más ricas en cuanto a “manifestaciones de la guerra” pueden descubrirse al investigador, cuestionándolo sobre la forma de hacer la historia de la guerra y el valor invaluable de testimonios que sugieren una reflexión crítica de la última y más nefasta de las guerras civiles en Colombia.

Entre 1899 y 1902 tuvo lugar en nuestro país un hecho tan definitivo como desastroso: la Guerra de los Mil Días. Considerada como el peor conflicto bélico en la historia decimonónica colombiana, alcanzó los 1100 días y marcó el rumbo que tomaría nuestra Colombia moderna. Aun 100 años después, sus efectos se perciben pues desató una reestructuración nacional que dio pie al proceso de modernización del Estado nacional.

La Guerra de los Mil Días no sólo fue el resultado de una impresionante crisis económica que sumió al país en una ruina casi total sino además, de la crisis del sistema político de la Regeneración (1886 y 1898).

“La Regeneración” consolidó el dominio del partido conservador y las bases de una política moderada y contradictoria  que se caracterizó, entre otras cosas, por intensos debates sobre la crisis fiscal en relación a la implantación del papel moneda no redimible y la exclusión política del partido liberal. Esto condujo a un creciente malestar y fragmentación extraordinaria de los partidos. Fortaleció, por ende, la reorganización de los liberales para enfrentar las políticas represivas de los regeneradores. Por más de una década, los liberales prepararon revueltas, que aunque controladas rápidamente, avisaban el desastre político. Tanto conservadores disidentes como algunos liberales abogaron por reformas a la Regeneración, pero fracasaron por lo que terminaron dividiéndose entre pacifistas y belicistas, estos últimos, dirigidos por Rafael Uribe Uribe.

En octubre de 1899, el anuncio de una posible reelección de José Manuel Marroquín detonó la contienda y la intransigencia partidista la alentó aun más. La intervención de los pacifistas y los intentos de negociación constituyen la primera etapa de la guerra, conocida como “guerra de caballeros”. El recrudecimiento del conflicto tuvo lugar luego de “La batalla de Palonegro” (Santander) en mayo de 1900, suceso trágico, iniciando una segunda etapa funesta: “la guerra de guerrillas” cuando los ejércitos liberales primero, y luego los conservadores, optaron por seguir tácticas de guerrilla (Berquist, 1981).

El conflicto se prolongó por dos años y medio más. La situación del Tesoro nacional empeoró a causa del alto costo que implicaba el sostenimiento del Ejército regular. El incontenible ataque de guerrillas hizo que el Gobierno implementará medidas cada vez más represivas y no aceptó, de ninguna manera, intentos de conciliación. Esta “intransigencia” alentó el malestar de distintos sectores de la clase política por lo que se produjo un golpe de Estado. Pese al carácter que iba tomando el conflicto, ninguno de los dos bandos se rindió.

La firma del Tratado de Neerlandia y la rendición del general Rafael Uribe Uribe llevaron finalmente a la firma del Tratado de Wisconsin en noviembre de 1902, en el que se trató de dar una salida honrosa a los dos bandos en disputa, por lo menos en el papel. Pero, indiscutiblemente el fin de la guerra dio como triunfador al bando conservador y terminó por hundir a los liberales. Por lo menos treinta años más tuvieron que esperar para volver al poder. Sin embargo, el gobierno conservador debía enfrentar las consecuencias inmediatas de la guerra. Los costos para el país fueron escandalosos, las vidas humanas pérdidas, innumerables. Un Estado débil y una economía convaleciente desembocaron en la pérdida de Panamá, una de las más desastrosas consecuencias de la guerra civil en el amanecer del siglo XX en Colombia.

La bibliografía sobre esta guerra es considerable. Pero aun existen campos inexplorados, inciertos, a la espera de unos ojos inquietos que se fijen en ellos. Los dos documentos que presentamos plasman preocupaciones punzantes de los participantes directos e indirectos del conflicto político y social. Pero sobre todo, representan armas poderosas, tanto o más que machetes y fusiles en el campo de batalla.

 

PARA LEER ...

  • Caballero, Lucas. Memorias de la Guerra de los mil días. Bogotá, Águila Negra, 1939.
  • Arbeláez, Tulio. La Guerra de los Tres años. 1899-1902. Campañas del general Cesáreo Pulido. Bogotá, Imprenta Nacional, 1936.
  • Uribe Uribe, Rafael. Escritos políticos. Bogotá, Ancora editores, 1984.        
  • Bergquist, Charles. Café y conflicto en Colombia, 1886-1910. La guerra de los mil días: sus antecedentes y sus consecuencias. Medellín, Fondo Rotatorio de publicaciones FAES, 1981.
  • Bushnell, David. Colombia, una nación a pesar de sí misma. Bogotá, Planeta, 1998.  
  • Palacios, Marco. Entre la legitimidad y la Violencia. Colombia, 1875-1994. Bogotá, Norma, 1995. 
  • Sánchez, Gonzalo y Aguilera, Mario. Memoria de un país en guerra. Los mil días, 1899-1902. Bogotá Planeta, 2001.  

Links recomendados ...

http://www.lablaa.org/blaavirtual/todaslasartes/artiegue/artiegue0.htm

http://www.lablaa.org/blaavirtual/publicacionesbanrep/boletin/boleti6/bol54/54-5.pdf

http://www.lablaa.org/blaavirtual/revistas/revanuario/ancolh15/articul/art6/art6a.pdf




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“EL GUERRILLERO MONROY”

Las peripecias de un incauto liberal tras ser interceptado por un “negro” guerrillero del mismo partido, refleja la cotidianidad de hombres y mujeres en zonas de conflicto involucrados en una contienda armada de la que desconocen sus dimensiones. Su aventura que comienza con el despojo de su bestia, pasando por la huída desesperada por la montaña en el afán de salvar su vida, se cuenta dentro de la particular cotidianidad de la sociedad víctima de la descomposición del conflicto. Su disparatada experiencia es el espejo de un ambiente caótico que muestra un impacto profundo, no sólo en la vida de la oficialidad de los ejércitos sino también en los civiles, en los caminos. Es el rastro de la historia detrás de las grandes figuras y sucesos armados, de las condiciones únicas de la guerra y la violencia social.

   
 

 

 

 

 

 

 

“EGLOGA. CAMPOS DE BATALLA Y DE LABOR”

Esta composición lírica presenta una reflexión que surge del impacto social de la guerra en los escenarios nacionales y de las formas crueles que va tomando el conflicto que parece interminable, manifestándose una posición crítica del escritor colombiano. El melancólico diálogo que inicia con el desasosiego de Urbano al contar sus desventuras a su compadre Rústico sobre lo lamentable de su situación a causa de esa guerra, va tornándose en una sentencia infortunada de la suerte nacional. Contrario a otras composiciones de éste tipo, no trata temas amorosos sino que se convierte en una declamación emotiva de dos víctimas inextricables, en la que se denuncian uno a uno los males que aquejan a Colombia: el hambre, la enfermedad, la miseria, la muerte. Aquella “feroz fiera” traspasa los campos de batalla generando otras realidades en diversos contextos.

 

   
   

 

       
       
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